Yecla, mi querida

El año 2017 fue difícil para mí emocionalmente y, a veces, pensaba que no podría más con los golpes.

Pero, hace unos seis meses – cuando el dolor fue inaguantable – algo curioso empezó a ocurrir: empecé a soñar casi cada noche con Yecla. Los sueños fueroiglesia_purisima_yecla_t3000780_jpg_1306973099n (y siguen siendo) como ningunos sueños que he tenido jamás.

En primer lugar, no contienen nada de imágenes confusas ni indistintas – los sueños son totalmente coherentes, hasta tal punto que, al despertar, parece que realmente hubiera estado allí momentos antes. Y tengo la cabeza llena de sensaciones casi reales: el sonido de las campanas por la mañana; el olor del pan fresco por las calles; el sabor del café bien hecho; y la sensación del viento en mi cara, ese viento caloroso que sopla a finales de septiembre en Yecla, cuando el calor del verano se ve vencido por el otoño y el anochecer llena el cielo con colores rosados y dorados.

Pero, sobre todo, sueño con la gran belleza del pueblo, la belleza que solo se refleja en los ojos de un extranjero, porque para él (o ella) hasta el edificio más dilapidado o rutinario es nuevo e interesante. Sobresalen en mis sueños las calles rectas del centro del pueblo, sus iglesias, sus montes, sus olivos y campos.

Me he preguntado por qué mi mente hace estos viajes nocturnos a Yecla tan a menudo. Creo que es una forma de escapar de los estreses de mi vida, porque el año que pasé en Yecla hace 18 años fue, sin duda, una de las épocas más felices de mi vida. Tenía 24 años, y estaba lleno de grandes emociones, esas emociones que uno se siente cuando tienes todas las libertades de un adulto, pero ningunas de las responsabilidades.

Conseguí la amistad de un grupo de personas excepcionales prácticamente al llegar, personas que me cuidaban y que tenían la paciencia de pasar tiempo conmigo cuando mi dominio sobre el Castellano consistía en “Cerveza” y “Soy de un pueblo cerca de Londres”. (También tenía la “ayuda” y “cuido” de los hermanos Ortín Ortíz, quien llenó mi libro de vocabulario con tonterías – gracias a ellos fui a una ferretería buscando una “boina para hacer café” y dije “Hola, tengo mocos grandes” a un camarero cuando lo que realmente quería fue suelto para tabaco).

Otra aventura: mandé una carta anónima de amor a una de mis alumnas adultas en la academia donde trabajaba (escrita con la ayuda de un amigo español para que las faltas de ortografía y la escritura no revelaran mi identidad, una decisión que tuvo consecuencias desastrosas cuando la novia de mi ayudante encontró la carta y pensó que tenía un amor secreto).

No sé porque nunca tuve el coraje de decirle a la alumna como sentí, pero cuando pienso en eso ahora, entiendo un sentimiento expresado por un poeta inglés: que las palabras más tristes en cualquier lengua son, “Pudiese haber sido”.

Este año ya ha traído cambios: mi padre se está muriendo, he pedido la mano a mi novia, y ya voy terminando mi sexta novela. Llevo cinco años sin salir de Inglaterra, y más de ocho sin visitar mi querida Yecla. ¿A lo mejor ha llegado el momento de hacer otro cambio, y coger un avión?

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