Yecla, mi alma

Tuve 22 años la primera vez que vi el paisaje de España. Estuve con mi amigo, Miguel Ángel Cipriano, y estuvimos recién llegado al aeropuerto de Alicante – yo, bien llenado de cerveza; él bien cansado (quizás por haber pasado 6 horas conmigo, lleno de cerveza) – y pasamos por el control de pasaportes con las cabezas abajas.

Pero, luego, salimos del aeropuerto, y yo entré en otro mundo.

Fue mayo, a eso de los 19:00 de la tarde, y el anochecer había pintado el cielo de una rosa incandescente; las nubes jironadas ya estaban poniéndose de color carbón, y el crepúsculo que bajaba por mis espaldas ya brillaba con la salida de las primeras 7795891926_43d42cd4f4estrellas.

Y cuanto más nos acercamos a Yecla, más bonito se puso el paisaje nocturno, hasta, finalmente, llegamos, y vi el pueblo que es mi segunda casa: la cúpula de la Purísima, la silueta del monte arabí, las ruinas del castillo.

Creo que fue, en ese momento – y con esa vista delante – que me di cuenta por primera vez que poseía un alma.

Bueno, escrito así, suena un poco hiperbólico. Pero con esa edad – 22 – todo el mundo sigue siendo un poco (o, en mi caso, bastante) gilipollas, y no nos preocupamos por “tonterías” como tener o no un alma.

Para mí fue una revelación.

Tengo buen ojo por la belleza (normalmente, lo diría en el sentido de la belleza de la naturaleza – nunca he sido muy mujeriego – pero fue en Yecla, al empezar cierta clase en cierta academia, que aprendí lo que es un flechazo, el único de mi vida) y esa vista que encontré en Yecla me afectó de una manera insólita – como una piedra tirada a un pozo, oí el eco de algo allí abajo en las profundidades de mi ser de cuya existencia no había sabido antes.

Y es cierto que tiene algo este país que resuena en el alma anglo-sajón. No es casualidad que gente como Orson Welles, Ernest Hemingway, George Orwell, Gerald Brenan o Paul Preston han escrito con tanta pasión sobre España: su paisaje, sus costumbres, su historia.

8499180177_538c8c0b12_bBueno, me apetecía escribir algo en castellano porque ya llevo 9 horas trabajando en mi última novela, que trata de los Nazis, un tema sumamente deprimente; y porque la vida sigue dándome golpes por todos lados – enterré mi padre hacía dos semanas, y ahora resulta que otro ser querido tiene cáncer.

Es en momentos así que me encuentro más y más buscando la tranquilidad de mis memorias y de mi imaginación. Tengo suerte, supongo, que solo necesito boli y papel para viajar a donde me de las ganas; pero a veces el alma desea algo más, algo real para saciar los ojos.

Y si pudiera elegir ver algo, ahora mismo, en este momento, sería esto: una española, vestida de Sevillana, bailando entre almendros y cerezos, sus giros y los movimientos de sus brazos causando el aire de llenar con las flores de las ramas, mientras el sol anochezca y el crepúsculo estrellado baja a mis espaldas, suave y silencioso, como una sábana de seda para tapar las heridas de este alma que encontré entre la sombra y la luz de España . . .

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